¡Precaución! Lo que va a leer a continuación puede impactarle profundamente.
La mayoría de ello, ocurrió hace más de 20 años y nunca antes me había atrevido a contarlo. ¿Por qué ahora? Conforme vamos convirtiéndonos en una comunidad más grande, menos nos conocemos entre nosotros.
La relación que se da entre nosotros a través del correo electrónico y de la revista que está a punto de leer, puede resultar algo impersonal. Por encima de todo, busco que confíe en mí como un recurso útil para alcanzar sus metas y logros deseados. Quisiera ser, si me lo permite, su entrenador personal.
¿Qué es un entrenador personal? El que hace que usted se gane las medallas sin necesitar subirse al podium, sin reconocimientos especiales, sin salir en los periódicos. Pues bien, para que confíe en mi, quizás sea bueno que sepa un poco acerca de mi historia personal.
Lo que voy a confesarle son detalles personales que tal vez no me fuese muy cómodo contar en viva voz, pero… ¡qué rayos! Cuando los oiga, se va a dar cuenta de que me he equivocado más veces que nadie que yo conozca y a lo mejor, ya no desea saber nada más de mí. Estoy dispuesto a correr el riesgo, si es que así nos volvemos más amigos.
En una ocasión, mientras desarrollaba los cimientos de mi negocio en Internet, recibí un consejo acerca de qué escribir en la revista electrónica. Uno de los grandes “gurús” me dijo: “Escribe acerca de lo que quieras contar. Consulta con tu corazón y no con tu cabeza. Cuenta algo acerca de ti, por ejemplo… Las personas se darán cuenta de que eres como ellos…” Eso estoy haciendo en este momento.
Viví en España mis primeros 23 años de vida y los últimos 18 en México. Es curioso cómo conocí este país, en 1981. Mi padre decidió que España ya no era un lugar grato para vivir y se vino para México en 1978. Un amigo con negocios en México, le ofreció dirigir su sucursal de este país. Y así empezó la aventura.
En España se contaban cosas casi místicas de Latinoamérica. Las posibilidades de riqueza eran, en ese entonces en la mente de muchos españoles, casi ilimitadas. Y de repente, me vi subido, como por accidente, en un avión rumbo a la Ciudad de México. ¿Cómo y por qué? Verá. Al principio, mi padre llamaba por teléfono casi todos los días y escribía una carta todas las semanas.
Con el tiempo, bajó la frecuencia de la comunicación (lógico, ¿no?) y todo hubiera seguido igual si es que esta no se hubiera detenido completamente por varios meses. No sé realmente que pasó por la mente de mi madre (nunca me dijo nada) pero yo sospecho que me subió al avión para acudir al rescate de un hombre que saboreó las mieles de ya no ser responsable de nadie más que de él mismo y se sintió muy bien.
En aquella época, yo estaba en Madrid, estudiando y con una novia con graves problemas de drogadicción (acababa de salir de un hospital de desintoxicación) y 6 años mayor que yo, por lo que no me molestó poner tierra de por medio de una relación tan destructiva.
Pasé un año, más ó menos, por tierras mexicanas en el que, inclusive, trabajé por primera vez en mi vida. Mis primeros trabajos fueron en un hotel del centro que nunca entendí del todo a qué se dedicaba (las personas entraban y salían muy rápidamente y pocos se quedaban a pasar la noche completa) y en una cristalería, vendiendo loza y utensilios para restaurantes y casas.
Recuerdo una ocasión en la que, como encargado del almacén, me solicitaron del piso de ventas una caja de un vaso en particular. Inmediatamente, a mi vez, le pedí a uno de los ayudantes que bajase la caja al piso de ventas. Este hombre me contestó, con cierto desgane: “Simón”.
Yo le respondí: “No, no Simón. Necesito que lo hagas tú, por favor”.
“Que simón”, fue su contestación de nuevo.
“Mira, yo no sé ni quién es Simón. Lo que sí sé es que abajo necesitan una caja de este vaso y tú, no Simón, la vas a bajar”, respondí con un aire de mando y con mi voz de dieciocho añero. Las carcajadas de este individuo y de sus compañeros, se oían hasta la tienda de la competencia. Yo no sabía que simón, para estos muchachos bien intencionados, significaba que SÍ. Mi bautizo mexicano, en breves palabras.
Me regresé a España a terminar mis estudios y, casi terminándolos, encontré trabajo en una compañía de consultoría multinacional. Resultó que esta compañía, en ese mismo año, abrió oficinas en México y me propuso venir temporalmente, dado que yo era el experto en cultura de este país (¿recuerdan el “simón”?).
Recuerdo también que en ese mismo año, leí por primera vez el libro “El vendedor más grande del mundo”, de Og Mandino. No se si fue el libro o qué fue, pero en un año yo había escalado 4 niveles en la organización, convirtiéndome en el Chief ( jefe en castellano) más joven de la compañía en el mundo.
Sin embargo, cuatro años después me encontraba en la banca rota más absoluta que pueda imaginar, casado y con hijos.
En fin, ha sido toda una aventura extraordinaria llegar hasta el hoy. A lo largo del camino, descubrí que yo tenía un verdadero problema de relaciones humanas, tanto que en una ocasión, las cuatro personas que me habían asignado para la realización de un diagnóstico, decidieron renunciar antes que irse a trabajar conmigo.
Pero los problemas son el mensajero de semillas de beneficios personales por lo menos iguales en intensidad al problema enfrentado, y si buscas, encuentras. Encontré un libro que se llama Cómo ganar amigos e influir sobre las personas y mi vida cambió, para siempre.
También descubrí que existía un vacío en mí que sólo una mujer podía llenar. Una mujer muy especial, nacida para encontrarse conmigo y a veces conocida como “alma gemela”. Yo creía en ese concepto aún antes de haberlo encontrado. No me pregunte por qué, no sabría explicarlo. Lo que sí sé es que la vida, la fortuna ó Dios, me la pusieron enfrente y hoy en día es mi esposa.
Descubrí que todo lo que me había ocurrido en mi existencia, me había llevado al hoy y que eso era grandioso. Mis fracasos, dolores y aventuras empresariales desafortunadas, habían construido de mí alguien más apto para servir a los demás.
Hoy en día, mi esposa (soy divorciado y vuelto a casar) y yo dirigimos un negocio que nos permite desarrollarnos personal y profesionalmente al mismo tiempo que podemos tocar las mentes y los corazones de otras personas, que amablemente, nos han permitido entrar en sus vidas. Nos sentimos profundamente agradecidos por ello.
Cuando observo en retrospectiva muchos episodios de mi vida, no puedo más que concluir que ha sido mágica en todos los aspectos. Ayer precisamente escuché en una película “Si hay algo que es definitivo, es que todos vamos a llegar al final de nuestras vidas”. Y sí, es verdad. Es un viaje que vamos a terminar, lo quiera ó no. Así que lo que importa es el proceso, el viaje en si, es vivir mientras se está vivo.
Existen muchas anécdotas que podría contar, como la vez que vi a mi jefe de 59 años llorar como un niño de 6, ó aquella en que realicé la venta más grande de mi vida cuando el cliente se jugó la decisión con una moneda jugando a ”águila ó sol”. Pero estas historias, que encierran enseñanzas muy interesantes, son para otro momento.

Francisco Cáceres Senn